Arrastrado por dos caballos…

Hay rumores, si lo dudas puedes preguntar por ahí (no hace falta irse muy lejos, pregunta al que tengas más cerca), de que todo aquel artista que busque expresarse, de la forma que sea; cine, literatura, pintura… triunfará sólo si es arrastrado por dos caballos implacables; el hambre y el amor. Es cierto que la presión en el estómago después de tres días de ayuno es mucho más efectiva que cualquier palmadita en la espalda. Ese pinchazo espolea la imaginación de cualquiera, se quiera o no.

el jugador

Foto: www.pixabay.com

Dostoyevski escribió “El jugador” en menos de un mes bajo la amenaza de desahucio por sus deudas de juego. El amor es otra cosa. Los románticos del XIX preferían no ser correspondidos para vivir en ese estado intermedio entre el querer y no poder. Sufrir era el acicate para escribir, sin sufrir no podían escribir. Está claro que la felicidad no es buena consejera del arte. Todas las canciones de amor en realidad son de desamor. Es difícil llegar al corazón de alguien expresándole musicalmente lo feliz que se siente después de pasar la noche en la cama con la pareja ideal. Por el contrario si cantas que te han dejado bajo la lluvia, el mismo día que has sido despedido/a del trabajo, la misma tarde que un perro te mordió en la puerta del médico, de dónde salías de enterarte que te quedan tres meses de vida y ves como labios, de esa pareja ideal que se va, besan una boca que no es la tuya… Todo el mundo, no sé por qué, se siente identificado. Supongo que es el sistema que controla la empatía emocional que se activa aunque no queramos. Misterios que seguramente los románticos del “querer pero no poder” sabrían resolver o por lo menos darle un sentido mucho más claro.   

Luego están otras variantes secundarias. Kafka escribía para escapar, supongo que con la imaginación, del zulo donde trabajaba. Seguro que nunca pensó que escribiendo saldría de allí físicamente pero lo hacía por necesidad, morir de aburrimiento tiene que ser muy duro.

Trekking

Foto: www.pixabay.com

La soledad también es algo a tener en cuenta. Una mañana me dijo una amiga que, en ocasiones, para no sentirse sola le habla a la pared, a la mesa, al salero… Personaliza los objetos, les da vida en el interior de su cabeza y conversa con ellos como si fueran colegas del gimnasio, compañeras del colegio o simples trepas del trabajo donde todos los días se queda en silencio. Me la imagino en su casa desordenada (tiene que estar desordenada porque si los objetos tienen vida se deben mover) preguntándole al abrelatas si ha visto la última película del Woody Allen; lo que no soy capaz de imaginarme es la respuesta. Quizá sea culpa mía, seguro que lo es. Tendré que quedar con ella algún día para que me cuente algo más de esas pláticas o quizá debería ir a su casa a ver o mejor todavía, conversar con sus muebles. Nunca se sabe quién puede darte un consejo que te arregle la vida. Quizá esa goma de borrar vieja y gastada, aquella silla por la que han pasado posaderas de todos los estilos, ese feo cuadro que no quería nadie y al final es el que alegra una pared todavía más fea. Lo cierto es que nunca sabremos dónde vamos a encontrar una buena respuesta. El arte, sea del tipo que sea, creo que es buscar respuestas a preguntas que no existen.

¿Buscamos juntos? 

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